En la vida cotidiana existen gastos que rara vez aparecen en las estadísticas económicas, pero que se sienten con claridad en la vida real.
Menstruar, cuidar, moverse con mayor seguridad o atender la salud reproductiva son costos que muchas mujeres asumen de forma cotidiana. No deberían existir por el solo hecho de ser mujer, pero en la práctica forman parte de una desigualdad económica que aún persiste.
Cuando se habla de brechas de género, el foco suele ponerse en la brecha salarial. Sin embargo, hay otro aspecto menos visible que también impacta en la autonomía económica de las mujeres: los gastos adicionales asociados a su salud reproductiva y a la maternidad.
Estos costos aparecen a lo largo de la vida, pero se vuelven especialmente evidentes durante el embarazo y la maternidad temprana.
El embarazo también tiene un costo económico
El embarazo implica una serie de gastos adicionales que rara vez se consideran cuando se habla de políticas laborales o de igualdad económica.
Uno de los más evidentes es la ropa de embarazo y lactancia. Durante varios meses, muchas mujeres necesitan prendas específicas que acompañen los cambios físicos y que luego permitan amamantar con facilidad. Este tipo de ropa suele tener un costo mayor que la ropa convencional y su uso está limitado a una etapa concreta de la vida.
A esto se suma el aumento en los gastos de movilidad. En contextos donde el transporte público puede resultar incómodo o inseguro durante el embarazo, muchas mujeres optan por taxis o aplicaciones de transporte para trasladarse con mayor tranquilidad, lo que incrementa los gastos cotidianos.
También existen costos vinculados con la salud materna, como suplementos, controles médicos adicionales o consultas especializadas que no siempre están completamente cubiertas por los sistemas de salud.
Todos estos gastos aparecen en un momento de la vida donde, además, muchas mujeres enfrentan cambios laborales o períodos de licencia.
Después del nacimiento: los costos continúan
El nacimiento del bebé no significa el final de estos gastos. Es el comienzo de una etapa donde los costos asociados al cuidado aumentan.
Durante los primeros meses de vida del bebé aparecen nuevos gastos relacionados con la lactancia y la organización del cuidado. Por ejemplo:
- ropa de lactancia
- extractores de leche
- recipientes de almacenamiento
- elementos para transporte y conservación de leche materna
Cuando las condiciones laborales no permiten sostener la lactancia, aparece además un gasto significativo: la fórmula infantil.
La lactancia materna exclusiva durante los primeros meses de vida es recomendada por organismos de salud a nivel internacional por sus beneficios para el desarrollo infantil. Sin embargo, sostenerla muchas veces depende de las condiciones laborales y del apoyo institucional.
Cuando una madre no cuenta con tiempo o espacios adecuados para extraer y conservar leche en su trabajo, la alternativa suele ser recurrir a fórmulas infantiles, cuyo costo mensual puede representar una carga económica considerable para muchas familias.
Esta situación se vuelve especialmente desafiante en hogares monoparentales o en el caso de madres solteras, donde todos los gastos del cuidado recaen sobre una sola persona.
El rol de las políticas laborales
Las normas laborales de distintos países ya reconocen que la maternidad requiere condiciones específicas de protección.
En México, la Ley Federal del Trabajo establece en su artículo 170 que las madres trabajadoras tienen derecho a pausas durante la jornada laboral para alimentar a sus hijas e hijos o para extraer leche en un espacio adecuado.
En Ecuador, la Ley Orgánica de Apoyo a la Lactancia Materna y el Código del Trabajo establecen medidas similares y promueven la habilitación de salas de lactancia instituciones.
Estas normas buscan garantizar que la maternidad no se convierta en una desventaja laboral ni económica.
Sin embargo, todavía existe una brecha importante entre lo que establecen las leyes y lo que ocurre en muchos espacios de trabajo.
Cuando las condiciones laborales no acompañan esta etapa de la vida, las mujeres terminan asumiendo costos adicionales (económicos, logísticos y emocionales) para poder sostener el cuidado.
Cuidado, trabajo y decisiones institucionales
Hablar de igualdad económica implica mirar más allá de los ingresos.
También es reconocer que el cuidado tiene costos concretos y que, históricamente, estos han recaído principalmente sobre las mujeres.
El embarazo, la lactancia y los primeros meses de crianza son etapas donde estos gastos se vuelven especialmente visibles.
Por eso, cada vez más organizaciones comienzan a comprender que las políticas de cuidado no son solo un beneficio para las personas trabajadoras.
Son también una decisión institucional que impacta en la cultura laboral, en la permanencia del talento y en la sostenibilidad de las organizaciones.
Instalar espacios adecuados para la lactancia, facilitar pausas durante la jornada o diseñar políticas de conciliación no elimina todos los costos asociados a la maternidad.
Pero sí contribuye a algo fundamental: que el cuidado deje de ser una carga individual y pase a ser una responsabilidad compartida.